LAS LÁGRIMAS DE SONIA


(Gastón Rossetti y 168hs.com.ar)
Se las presento. Ella es Sonia. Por mi profesión de comunicador me tocó conocerla hace algunos años. Es amable, súper simpática, siempre saluda con una sonrisa y te pregunta por tu familia donde te la cruces. Me acuerdo como si fuera ayer cuando una mañana me recibió exultante. Ella todavía trabajaba como recepcionista en la Municipalidad y se acababa de recibir como oficial de Policía. Fue un esfuerzo grandísimo para una mujer soltera, que dividía sus tiempos entre el trabajo y la carrera.
La nombro porque es a quien me toca conocer de la columna de mujeres que el último viernes fueron dispuestas como escudos humanos mientras una manifestación de vecinos desataba su bronca en la puerta de la Departamental Punilla después del hallazgo de los cuerpos de Andrea y Hernán.
Ella, como sus compañeras, tuvo que sufrir la ira de un grupo de mujeres que jamás estuvo a la altura de la protesta. E insisto, “de mujeres”, porque las agresiones que sufrieron llegaron de boca de ellas. Justamente las mujeres, que entienden como nadie lo que les cuesta ocupar y alcanzar roles de prestigio en una sociedad aun machista.
Tomaba fotografías de la multitud cuando en un momento me di vuelta y la vi. Sonia, como otras de sus compañeras, se había quebrado en llanto. No pudo tolerar la catarata de insultos y maldiciones que le soltaban “honrosas” vecinas de Carlos Paz. Por vestir el uniforme policial la exhortaron públicamente a no tener hijos, para evitar que tomaran el mismo camino de la madre. A las oficiales, que tan sólo obedecían órdenes, las trataron de corruptas, putas, narcos, coimeras, transas y las escupieron, como si los insultos no dolieran por si solos. Les pedían que se quitaran los uniformes y vayan a protestar con el pueblo. Hay que ser pelotudo o mirar demasiadas películas para imaginarse que una situación semejante pueda ocurrir.
Le vi el rostro a Sonia y me quebré por dentro. Imaginé lo que estaría pensando hace algunos años aquella jovencita ilusionada por vestir el uniforme policial.
Me hubiese gustado abrazarla y decirle que no le haga caso a la bocanada de improperios que estoica debía soportar casi cara a cara con los manifestantes. Pero no se podía. Supuse que los jefes que detrás de ella se escudaban la hubieran sancionado por mostrar un costado humano.
Me dio vergüenza ajena lo que presencié el viernes. Imagino a esas manifestantes volviendo a sus hogares y contando orgullosas lo valientes que fueron insultando en la cara a mujeres que apenas si cumplían con su trabajo.
Si manifestarse supone siempre situaciones de este tipo, mejor quedarse en casa y dejar todo librado a la Justicia, a esta endeble justicia con la que nos toca convivir.
Gastón Rossetti


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